Mi cuarentena empezó mucho antes de que el coronavirus llegara a Venezuela y, a la vez, nunca empezó. Mi aventura se inició en un viaje que se planificó durante meses: un viaje Caracas-Managua con escala en Panamá que tenÃa como finalidad visitar a mi familia, a la que no veÃa desde hacÃa 13 años, y poder hacer diligencias pendientes.
Una semana antes de mi vuelo se impusieron las sanciones a Conviasa y quedé en un estado de incertidumbre hasta que llegó el gran dÃa: bajo a MaiquetÃa, abordamos el avión, estamos a punto de arrancar motores y, en ese momento, le comunican a la aerolÃnea que Panamá no nos surtirá de gasolina en su aeropuerto. En ese avión no podemos viajar. Nos toca esperar ocho horas para abordar un Airbus vacÃo que voló a Panamá y pudo después seguir a Managua sin cargar combustible.
Todo estuvo tranquilo durante unas semanas. Tuve mi cita en la Embajada Americana para la renovación de mi visa y, aunque todo salió perfecto, ya se notaba que algo grave venÃa: ese mismo dÃa la embajada informó que todas las citas estaban canceladas hasta nuevo aviso. El coronavirus empezaba a mandar a la gente a sus casas.
Después, en Venezuela, arreciaron las medidas de cuarentena. Se acercaba el dÃa de mi regreso y muchos paÃses empezaban a cerrar sus espacios aéreos. Pensé que lo lograrÃa en la rayita, como me ocurrió con la visa, pero no. Un par de dÃas antes de mi viaje Conviasa informó que sus vuelos estaban cancelados, asà que aquà me quedé: en cuarentena en un paÃs que no está en cuarentena, en un viaje que se ha visto plagado de patria y virus.
Agradezco que mi trabajo es digital y lo hago desde mi laptop. Solo espero por el dÃa en que se restituyan los vuelos y la normalidad: el problema no será llegar a MaiquetÃa sino sortear los puntos de control y la escasez de gasolina para poder llegar a mi amada Valencia.
No sé si esto es un cuento de cuarentena, ¡pero cuento sà es!
MARÃA DE LOS ÃNGELES MONTOYA
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