Cuentos de cuarentena –22–
Escribo esta carta sin pretender que la recibas o que la llegues a leer de algún modo. Esto de la cuarentena me afecta las fibras; la calle se ha vuelto un universo paralelo. Pareciera que el asfalto se torna personal y con las mascarillas parecemos sospechosos.
En este encierro «voluntario» me he leÃdo a Ossott, Cadenas y Rojas Guardia en pro de afectar mi lenguaje: te doy las gracias por haberme acercado a la poesÃa, con tu voz.
Los labios se han vuelto tabú, la policÃa molesta en mi cuadra a los comerciantes; cobran vacuna, cierran temprano. Ya es cotidiano todo esto: Venezuela es casi un guión de Mad Max.
Quedé esperando la respuesta de la vacante como fotógrafo en esa ONG que te habÃa comentado. Me hicieron la entrevista unas semanas antes de caer en cuarentena; ahora me quedan las dudas acerca de cuándo terminará este exilio y de si habré obtenido el trabajo.
He ayudado más a mi mamá, que no ha podido dormir y tampoco trabajar como antes en su consultorio. Abren el edificio como si fuera por selección natural. Ella ha podido entrar, atender a uno que otro paciente y de ahà se va a trabajar a un bodegón de una de sus amigas. He estado cuidando a Juan, mi hermano, ¿te acuerdas de él? Toma el sol por la ventana y la luz que atraviesa los barrotes forma una especie de prisión de sol en la casa.
Ha llegado el DÃa de las madres; feliz dÃa a tu mamá. ¿Sigue yendo a tu casa a darle comida a Clara? ¿Cómo está ella? ¿Has dormido mejor? Mi mamá ha estado haciendo arreglos para este dÃa. La he acompañado a hacer entregas, una locura total: nos hemos ido en moto hasta Caurimare y con todo ese perolero luchando contra el viento. Esa mañana me quemé las manos con el agua del colado, asà que fue una odisea mantener el arreglo en toda la carrera.
CHRISTUAN MIJARES





