Cuentos de cuarentena –30–
DÃa 3:
(Recuerden leer con voz de narrador tipo Porfirio Torres. Indispensable)
Mañana del lunes, me cuesta comprender que no es domingo en la extraña tranquilidad de esta hora.
Preparo café, el aroma mañanero capitalino me inspira. “¿Hago arepa o sánduche?†¡Arepa! No hay pan. Mientras el café cae despacio por el filtro del colador, decido evaluar daños: todos los vasos sucios, cotufas regadas y cajas de cereal vacÃas son evidencia de que mis hijos hicieron desguace toda la noche. Veo el reguero, suspiro, tomo café, me siento en el sofá a reunir fuerzas mientras leo en Twitter los mismos temas ladilla; paso a WhatsApp y mientras leo una cadena de “afinación diaria†larguÃsima de algún entusiasta de grupo de chat, el sueño me vence.
La tranquilidad es demasiado abrumadora, mi brazo se desploma, el celular cae al suelo. La babeada que me eché me despertó. Mientras tocaba mi rostro húmedo un pensamiento irrumpió súbitamente: “Verga, dormà sabrosoâ€.
De pronto, la paranoia me invade, siento que extrañas criaturas me persiguen por todas partes, el lamento incesante de esas almas en pena es abrumadoramente angustiante: “Maaaa, tengo hambreâ€; “Maaaa, ¿qué vamos a desayunar?â€; “Maaaa,…¿otra vez areeepa???â€; “¡Maaaaaa, maaaaa!!!!!â€.
Sus quejidos retumban como un eco que tortura mi mente. No debo flaquear, debo mantener la cordura.
Una vez saciado de manera momentánea el apetito voraz de las criaturas, en un intento de fortalecer mi moral, me tomo del hombro y me doy fuerzas; me digo: “Vamos, Mà misma, las hemos visto peoresâ€. De inmediato me respondo: “¿Tú eres pendeja, Mà misma? Estamos en una pandemia. Apocalipsis. Aterriza, mijitaâ€. Recojo mi pisoteado optimismo y continúo, aún queda un largo dÃa por delante, son muchos los dÃas que quedan por recorrer.
Libreto y musicalización:
Yo misma.
Narración en sus mentes:
Porfirio Torres.
DÃa 5:
8:00 am: Inicio plan de dieta
8:15 am: Cambio de planes, tenÃa un dulce de ciruela en la nevera y alguien tiene que comérselo. Fin de la dieta
10:00 am: Mis hijos despiertan peleando por no sé qué vaina y cada vez me parece más seductora la idea de 40 dÃas aislada en un hospital: es un riesgo atractivo cuando estás encerrada en una casa y tu marido jode más que tus 4 hijos juntos. Mà misma aparece de inmediato interrumpiendo mi placentera fantasÃa y me cachetea.
Intento convencer a Mà misma de las maravillas de mi plan y las ventajas de estar todo el dÃa en cama y con permiso de no hacer nada. Mà misma lo piensa un segundo y me cachetea de nuevo: “¿Por qué no se te ocurrió antes, cuando el Dengue o la Chikungunya? Ahorita sà podemos cruzar el Páramoâ€. Ella tiene razón, a veces soy lenta.
Luego de mi autocoñaza moral, tomo una ducha y me dispongo a planchar un ropero que tengo acumulado. Miro la plancha, la plancha me ve a mÃ, ella me odia, yo le temo: decidimos dejarlo para más tarde, estamos en pandemia no es momento de andar complicándonos la vida.
Transcurre el dÃa con un maratón de series en Netflix. En los primeros capÃtulos de El Patrón nos pareció hasta bonita la carrera del narco, capÃtulos después no opinábamos igual.
Me voy a dormir. Trataré de soñar con un aislamiento en cuarentena tipo pelÃcula de Hollywood en la que hay flores en la habitación, pantalla gigante y el mayordomo (que convenientemente es Thor o Aquaman) trae la comida con su esmoquin antivirus que deja ver sutilmente sus pectorales.
DÃas 7 y 8 (pegaos):
(Como me siento elevada y bendecida hoy leeremos este aleccionador post con la voz de Tomás HenrÃquez. O sea, Dios)
Ayer fue un dÃa relajado, estuve en contacto con mi fe y recé por la salud de todos los contagiados en el planeta y sobre todo para que los sanos dejen de ser tan cabezas de #€*$&!! y se queden en sus casas en vez de estar faranduleando por las calles (Dios me entiende y sabe que tengo razón).
¡Listo! OlvÃdense de la voz de Tomas HenrÃquez, que voy con mi lado oscuro. Métanle la de Darth Vader.
Ahora sÃ, a lo que vinimos
Hoy decidà que el sacrificable para asuntos de mandados, conflictos bélicos, apagones y pandemias es mi esposo. Bueno, lo decidà hace años pero hoy lo materialicé. Fue una votación unánime (solo mi voto) y él se resistió, usó sus mañas para zafarse del compromiso, pero no en vano llevo 15 años cuidando muchachos: lidiar a diario con dos adolescentes y dos preadolescentes ha desarrollado en mà una despiadada capacidad para devolver la pelota.
Saqué de la manga mi arma secreta y la usé con pulso quirúrgico:
-Gordo, ¿si me enfermo te vas a quedar tú solito con los chamos?
Su rostro palideció de inmediato, vi el leve temblor en sus frÃos labios, el miedo ante semejante escenario congeló sus venas. Y exclamó raudo y veloz:
-Ya vengo, gorda, que llegó cigarro al kiosco.
Quedé perpleja con la rapidez con la que actuó, ¡sobre todo porque él no fuma!
Mi vecina me escribió por el chat que lo que más extrañaba de la cuarentena era a la señora de servicio. Le presumà que yo tenÃa la mÃa en casa, 24 horas disponible, incondicional, que esta mañana habÃa preparado tostadas francesas y que en este momento estaba planchando y ya habÃa lavado; que, aunque a veces ella intentaba escaparse, sabÃa que este era su lugar y aquà estarÃa hasta el fin de sus dÃas. Sentà la envidia en el teclear de sus palabras, jamás le revelaré que la mujer de servicio soy yo.
Por ahora los dejo, todavÃa me queda un ropero por planchar y voy a aprovechar el frescor de la noche porque en el dÃa hace calor.
Ya saben, quédense en sus casas.
ISABEL GONZÃLEZ





