Cuentos de cuarentena –36–
Abrà los ojos y por un momento me sentà desubicado: no lograba saber qué hora era y qué dÃa era hoy. Aún medio dormido me acerqué a la ventana y por el tono grisáceo del cielo, el silencio y la soledad de la calle me dije: “Es muy tempranoâ€. TodavÃa sin lentes busqué mi celular para ver la hora: las 4:55. Fui al baño y me pregunté por qué habÃa dormido con los pantalones puestos.
Salà de la habitación rumbo a la cocina y me conseguà a Chichi, mi perro, dormido en el sofá con mi libro Memoria de un feligrés. No quise molestarlo, al final los dos vivimos compartiendo el sofá.
Monté el agua para el café y abrà la puerta que daba a la calle. Quedé paralizado: un hombre armado con el rostro cubierto venÃa apresurado hacia mà gritando algo que no lograba entender. No sabÃa qué hacer. Como pude entré y cerré la puerta. Aún escuchaba su voz cuando tocaron. Asustado vi por el ojito: ¡Dios! Era el señor Alsemo, el que corta la grama. Lo habÃa confundido con el hombre armado: Alsemo vestÃa con un tapaboca negro y portaba un machete. Lo que intentaba decirme era que mañana venÃa a cortar la grama de la casa.
Lo invité a tomar café y le conté el susto que me hizo pasar. Cuando se marchaba le pregunte: “Alsemo, ¿no le parece a usted que es muy temprano para andar por ahÃ?. A esta hora la mayorÃa de los vecinos está durmiendoâ€. Me miró y sonriendo me contestó: “¿Temprano? Son las 6:15 de la tarde. ¿Ya fue usted a misa?â€.
Terminé mi café y me senté en el sofá. Ahora que estaba despierto entendà que era domingo; que la hora del reloj no eran las 4:55 sino las 5:45, que no era de mañana sino de tarde. Que Chichi no sabe leer y no es fanático de los Tiburones de La Guaira y que Alsemo no era un terrorista. Necesito visitar al oftalmólogo: no todo es culpa de la cuarentena.
JOSÉ MODICA





