Cuentos de cuarentena –40–
Me acosté deseando como nunca que amaneciera pronto. Apenas abrà los ojos salté de la cama. Solo tomarÃa café, pues mi hermana habÃa llamado la tarde anterior y me dijo: “¡Mañana no cocinas, yo llevaré el desayuno!â€. Eso fue música para mis oÃdos y me pregunté: “Empanaditas de Tila no son porque la crisis acabó con el kiosko de esa señora y, en esta cuarentena, ¿qué podrá traerme?â€.
Ese algo me inquietaba porque mi hermana aclaró: “Me guardas café dulcitoâ€. ¡Ya sé! Pescado frito con tajada o aguacate, porque siempre los acompañamos con café dulcito. Pero ya va, tampoco, porque a ella no le gusta freÃr pescado en su casa por el olor. Le daba vueltas al “desayuno†en mi cabeza cuando el olor a café impregnó mis sentidos. Al mismo tiempo escuché al guardián de mi casa elevarse en dos patas: habÃa llegado alguien.
Solté la taza de café y corrà al escuchar gritos de espanto y terror. Traté de abrir la puerta pero me temblaba el pulso imaginando un ataque atroz de mi perro a mi hermana y sus dos hijos pequeños. ¡Dios mÃo, qué angustia! Los gritos se hacÃan más intensos: “¡No, no, no! ¡Suéltalo!â€. Era inminente encontrar un desastre en mi jardÃn.
Logro abrir la puerta con el corazón y el llanto a punto y lo que encuentro hace desaparecer mi emoción por el desayuno: mi querido perro, mi Molino, mi rescatado, no estaba atacando a nadie sino a algo: la bolsa repleta de pepitonas, un manjar de dioses que nunca llegó a ser guisado para la tan anhelada comida.
Nunca olvidaré la cara de mi hermana al perder todas las pepitonas. Llorando de la risa nos sentamos a tomarnos el café dulcito que jamás acompañó a aquel desayuno.
INDIRA LÃREZ





