Por: La Hora de Venezuela
Francis Palencia vivÃa sobresaltada. No dejaba de prestarle atención a su celular. Lo mantenÃa con el volumen al máximo y, ante cada notificación, dejaba lo que estuviera haciendo para clavar la vista en la pantalla, con la esperanza de encontrar alguna información sobre Jonathan, su hijo de 17 años, preso desde hacÃa 5 meses.
Pero justo ese dÃa en que le llegó la noticia que más anhelaba, absorta en sus pensamientos de angustia, no vio el teléfono. El 11 de junio de 2025, pasadas las 6:30 de la tarde, alguien le escribió: “Liberaron a Jonathanâ€.
A ese mensaje, le siguieron otros. Unos en los que la felicitaban; otros en los que simplemente le remitÃan la publicación de Instagram del Ministerio Público venezolano que confirmaba que sÃ, que Jonathan estaba libre.
Fue a eso de las 7:00 de la noche cuando volvió al celular: leyó cada palabra, sintió alivio, emoción, pero a la vez incredulidad. ¿De verdad la pesadilla se habÃa acabado? SÃ, todo lo que habÃa vivido era una pesadilla. Una pesadilla que recuerda con tanto detalle que ahora puede narrar.
La tarde del 11 de enero de 2025, un dÃa después de que Nicolás Maduro tomara posesión como presidente de Venezuela, unos policÃas encapuchados entraron a la casa de Francis para llevarse a Jonathan. Recuerda el griterÃo, recuerda los empujones, recuerda que su hija de 9 años estaba en ropa interior. Recuerda que los hombres no le explicaron por qué estaban allà y que ni siquiera le presentaron una orden de aprehensión. Recuerda que se llevaron a Jonathan.

Fue como si se lo arrancaran de sus brazos. Francis vio su mirada, sus ojitos aguados, llenos de miedo, como buscando respuestas en ella. Lo trasladaron a la sede del Cuerpo de PolicÃa Nacional Bolivariana División de Investigaciones Penales de Coro, en Falcón.
Y Francis se quedó ahÃ, en la puerta de la casa, sin aliento, al borde del desespero.
Para saber dónde lo tenÃan, tuvo que recorrer varios centros de reclusión: en todos le decÃan que no, que ahà no estaba. Pero se quedó justo allà porque el instinto materno le gritó que no se debÃa mover: su intuición le decÃa que su muchacho estaba tras esas paredes. Claro que al principio le dijeron que estaba equivocada: “Solo hay un chamo llamado Jeffersonâ€. Aun asÃ, decidió quedarse.
—Al rato salió el mismo funcionario y me dijo: “SÃ, sÃ, ahà está Jonathan, pero solamente lo tenemos en modo de colaboración, en la tarde se lo vamos a entregar†—recuerda.
Se hicieron la 1:00 de la madrugada del 12 de enero y Francis todavÃa no regresaba a su casa. Se mantenÃa esperando a ver si le entregaban a su hijo, cosa que no pasó. La excusa para no dejarlo ir fue que el jefe estaba ocupado.
La realidad detrás de la detención de Jonathan la conoció cuando lo presentaron ante tribunales, dos dÃas después, el 13 de enero: estaba preso por ser parte de un grupo comunitario, de vereda, en el que se habló en contra del gobierno.
—Estaba en ese grupo de muchachos del sector. Uno de ellos estaba en la plaza, en la mala hora, agarrando wifi, y en el operativo le quitaron el celular para revisárselo de forma arbitraria y vieron el grupo. HabÃa una conversación sobre el gobernador del estado Falcón, pero mi hijo realmente no participó en ninguna. Solamente por estar en el grupo lo criminalizaron.
Nadie sabÃa la historia de Jonathan
A los 5 años, fue diagnosticado con trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH). A partir de entonces, la familia inició un acompañamiento que incluyó terapia, medicamentos y mucho deporte: primero fue la natación; luego, la pasión floreció cuando Jonathan vio un campo de fútbol por primera vez. Y ahà se quedó.
Hasta los 16 años, las prácticas de fútbol fueron una constante en la dinámica familiar, pero luego llegó un diagnóstico que cambió todo: Jonathan sufrÃa del virus de Epstein-Barr, una enfermedad viral común que puede causar mononucleosis infecciosa y, entre otras patologÃas, inflamación en el hÃgado, que era su caso.
—Él tuvo complicaciones bastante graves —cuenta Francis—. Lo debieron transfundir. Y por la hepatomegalia que tuvo, el médico le sugirió que no practicara fútbol, que descansara más o menos un año y medio, y cuando se lo llevaron justo estábamos en esa etapa. HabÃa que tener cuidado porque una patada, el maltrato, lo podÃa afectar.
En cada entrevista que ofrecÃa, la madre narraba que su hijo tenÃa esa condición de salud: alzar su voz era lo único que podÃa hacer. Y lo hacÃa porque él hablaba del maltrato fÃsico y psicológico que sufrÃa en los centros de detención a los que lo llevaban.
A Jonathan lo acusaron de terrorismo, promoción e incitación al odio. Sin avisarle a Francis y pasando sobre la orden de un juez de mantenerlo en resguardo por su edad, su primer traslado se concretó el 14 de enero de 2025: sin ninguna boleta, lo montaron en una patrulla y lo trasladaron de Coro a Caracas, donde lo mantuvieron detenido en el centro de reclusión de la PBN de La Yaguara, a unos 450 kilómetros de distancia de su casa.
Al enterarse, Francis sintió que su hijo era vÃctima de un secuestro y su primera acción, aparte de irse a Caracas, fue contar en las redes sociales lo que sucedÃa.
A partir de entonces, la vida se convirtió en un ir y venir entre Coro y la capital del paÃs, lo que suponÃa muchÃsimos gastos: debÃa pagar para estar cerca, para pasarle medicamentos, para todo.
—Yo veÃa a mi hijo desde las 11:00 de la mañana hasta las 5:00 de la tarde. Le pagaba a los presos que tienen sus restaurantes dentro. SabÃa que mi hijo estaba bien porque yo decidÃa qué comida iba a comer.
En La Yaguara, Jonathan comenzó a sentir debilidad y en ocasiones se enfermó. ParecÃa un cuadro viral, pero se mantuvo por varios dÃas y eso obligó a que recibiera asistencia médica.
—El sistema inmunológico se le debilitó por las condiciones de ese lugar —dice su mamá.
Parte del acompañamiento médico se lo brindó un doctor que también estaba privado de libertad. Francis cree que a su hijo lo protegÃan: tal vez porque ella misma habÃa mostrado y hablado de lo vulnerable que podÃa ser debido a su trastorno.
—Hasta los policÃas de La Yaguara me llamaba para que yo supiera lo que él necesitaba o si le pasaba algo.
Cada semana que pasaba, aumentaba la incertidumbre y el remordimiento de Francis. TemÃa quedarse sin su trabajo porque pasaba demasiadas horas montada en un bus camino a Caracas. Especialmente, le pesaba no estar para sus otros dos hijos. Del mayor, que habÃa emigrado a Alemania años antes, conseguÃa palabras de aliento. Pero su hija de 9 años estaba muy afectada: sufrÃa ataques de pánico constantes y empezó a faltar con frecuencia a la escuela, a pesar de que la dejó al cuidado de su familia.
—SentÃa culpa, pero no podÃa atender todo a la vez. Me pesaba porque ella quedó mal luego de la situación con la policÃa en la casa. No podÃa estar cerca de policÃas ni verlos porque se ponÃa nerviosa. Pero nadie podÃa hablar por Jonathan, asà que tenÃa que encargarme del caso.
Asà fue que Francis terminó por dividirse: era una mamá que acompañaba, pero también vocera de la situación que vivÃan su hijo y otros jóvenes.
Un dÃa coincidió con el Comité de Familiares y Amigos por la Libertad de los Presos PolÃticos y entendió que en el camino no estaba sola: conoció a padres y madres en la misma circunstancia y supo que el acompañamiento era indispensable para saber qué hacer frente a todo lo que estaba viviendo.

Con el Comité supo que habÃa otros 4 adolescentes presos de distintas regiones del paÃs. Se sorprendió cuando ellos le mostraron que la cifra de detenidos, según el Foro Penal, superaba las 900 personas y que muchos de sus nombres aún eran desconocidos porque sus familiares se mantenÃan en silencio por miedo.
Nunca los juzgó, pero ella no querÃa callar la injusticia que vivÃa su hijo. Entonces, en cada encuentro, Francis se enfocó en conseguir herramientas para hacer mejores denuncias públicas y privadas.
El avance de lo que aprendÃa se veÃa en la calle: Francis hablaba con seguridad. Usando los términos precisos para describir las vulneraciones que vivÃan los adolescentes. Con ellos se sentÃa segura, en el lugar correcto.
—Ellos me enseñaron que este tipo de situaciones no hay que callarlas, hay que dejarlas ver. Todo lo que está pasando con las personas aquà en la parte polÃtica. No es justo que hagan procedimientos que ni siquiera vienen con órdenes judiciales.
Aprendió a declarar ante la prensa, a que sus mensajes calaran en redes sociales. Hoy cree que tanta bulla logró que Jonathan volviera a ser trasladado a Coro, lo que sucedió el 20 de febrero de 2025. Esto le reafirmó que debÃa contar lo que ocurrÃa con voz cada vez más fuerte. Que debÃa insistir. No dejarse vencer.
Para ver a su hijo en el centro de reclusión de Coro, Francis tuvo que esperar 15 dÃas. Le negaron visitarlo apenas llegó porque el penal tenÃa una regla de “proceso de adaptaciónâ€.
—Yo nunca entendà eso. Ellos no están con un niño de preescolar, sino con un adolescente. Y después de ese tiempo, solo podÃa verlo dos veces por semana.
En ese primer encuentro, Jonathan le contó más sobre lo que vivió en Caracas: “Me dijeron que me iban a llevar a El Helicoide y que me iban a meter en una sala con cucarachas, mamá. En un cuarto oscuroâ€.
—Ese dÃa mi hijo me dijo que habÃa intentado suicidarse a la semana de llegar a Caracas. Fue el primero de varios intentos. Estaba muy deprimido. Me dijo que él tenÃa muchas pesadillas, que lo ayudara. Dijo que tenÃa mucha ansiedad, que él se querÃa ir de esta vida y que él no habÃa hecho nada para que lo maltrataran tanto.
Francis denunció el intento de suicidio por malos tratos y depresión en la DefensorÃa del Pueblo, pero eso no cambió la situación. “SentÃa como si me iban a descoser la ropa y eso que solo llevaba comidaâ€.
Jonathan le contaba todo lo que podÃa y como podÃa. Que le costaba ir al baño. Que no dormÃa bien. Que la comida siempre era la misma: caraotas duras, un pedazo de mortadela frita, arepas y sardinas, todo frÃo. Que se sentÃa desesperado. Que le costaba relacionarse con otros detenidos. Que se sentÃa feo aunque tenÃa meses sin verse a un espejo, porque hasta eso le estaba prohibido.

—Mami, ¿cómo tengo la cara y los dientes? ¿Tengo los dientes amarillos? ¡MÃrame los dientes, mÃrame! ¡MÃramelos! —le preguntó un dÃa con desesperación.
A Jonathan le preocupaba su aspecto fÃsico. En casa, a medida que fue creciendo, adoptó una rutina para mantener su rostro y dientes limpios. Cepillarse antes y después de comer era algo que no dejaba pasar. Lo hacÃa sin rechistar y su madre cree que esa fijación fue lo que terminó haciendo que estudiara odontologÃa. Cuando lo detuvieron, estaba por cursar el 2do año de la carrera en la Universidad de Ciencias de la Salud Hugo Chávez FrÃas.
Francis lo miró e intentó ser cuidadosa con sus palabras. No podÃa mentirle. No era una pregunta azarosa.
—Estás lo mejor que puedes, papi —le respondió varias veces con firmeza, tratando que no se notara que estaba a punto de desbordarse en llanto.
Aunque ya tenÃa a su hijo más cerca, Francis no dejó de visitar Caracas. Iba al Ministerio Público para pedir su liberación, a llevar cartas de buena conducta y referencias que probaban su inocencia, exámenes médicos que daban cuenta de su trastorno y de la enfermedad que afectó su hÃgado. Perdió la cuenta de cuántas cartas escribió explicando la delicada situación a la que se enfrentaba Jonathan en Falcón.
Tuvo encuentros con representantes de distintas organizaciones, incluida la Organización de las Naciones Unidas (ONU), y les expuso lo que vivÃan ella y los familiares de otros cuatro adolescentes detenidos: uno de Lara y otros tres de La Guaira, incluida una joven. Asà fue aprendiendo de derecho y entendiendo qué eran las vulneraciones a los derechos humanos.
Un dÃa antes de que Jonathan fuera liberado, la fiscal que llevaba el caso la llamó. Ver su nombre en la pantalla del celular la puso nerviosa.
“¿Ahora qué pasarÃa?â€, pensó.
—Señora, necesito que me pase los informes médicos de Jonathan por fotos. En tribunales los están pidiendo —escuchó.
Francis le explicó que esos documentos estaban en el expediente de su hijo, pero de todas maneras le envió los archivos, que guardaba en una carpeta de la galerÃa de su celular.
—Me volvieron a llamar al dÃa siguiente. Me pidieron una foto de él, pero me dijeron clarito: “Una que usted no haya publicado en redes socialesâ€. Y les envié la de su graduación de bachiller.
Aquellas solicitudes no eran claras para Francis.
—No caÃa en cuenta de que eso era para la publicación de su liberación. Entonces pensé que lo iban a soltar, de repente, en la próxima audiencia.
Por eso, soltó el celular y se tomó un respiro.
Cuando volvió a revisarlo, el primer mensaje decÃa: “Señora Francis, mire, lo liberaron. ¡Felicidades!â€. Releyó el mensaje muchas veces y cuando entró al enlace de Instagram comenzó a saltar y soltó un par de lágrimas.
El Ministerio Público le habÃa otorgado una medida cautelar a su hijo y debÃa ser liberado de inmediato. La DefensorÃa del Pueblo incluso la llamó para confirmar que ya supiera la noticia. “SÃ, ya lo sabemos. Estoy en la casaâ€, respondió ella.
El encargado de buscar a Jonathan fue su padre. Francis se quedó en casa por si llegaba una patrulla con su hijo.
—No querÃa que fueran a pensar que aquà no habÃa nadie.
La noticia corrió rápido entre los vecinos y, de inmediato, entre todos sacaron globos para decorar la calle y recibirlo.
Apenas Jonathan llegó, todos salieron de sus casas:
—Lo abrazaron. Lo felicitaron. Ellos sabÃan que él es un buen muchacho; lo han visto crecer, siempre estuvieron pendientes.

Esa noche Francis durmió tranquila: tenÃa a sus hijos con ella, en la misma casa, entre sus brazos.
La medida cautelar de Jonathan incluye prohibición de salida del paÃs y no hablar de lo que vivió en redes sociales. Cada 15 dÃas, junto con su mamá, viaja a Caracas para presentarse. Gastan unos 100 dólares en cada viaje. Por fortuna, Francis pudo conservar su empleo en un consultorio de radiologÃa, gracias a la comprensión de sus jefes.
—La audiencia fue el 1ro de julio, y solamente asistieron dos policÃas. No dieron mayor información porque ellos dijeron que no recordaban ni la dirección. Esperaremos la próxima a ver qué pasará, pero ya las pruebas fueron evacuadas, al menos las de los testigos de la defensa.
Aunque su hijo está en casa, Francis no ha dejado de estar cerca de los padres cuyos hijos adolescentes continúan detenidos. Son cuatro y sus nombres no los olvida: Gabriel RodrÃguez (16), Danner Abraham Rivero (17), Ãngel Gabriel González (17) y Lisneidel Zúñiga (17).
—Yo les recuerdo que no nos podemos rendir. Los oriento. Les digo que tienen que ir para acá o para allá. Moverse. No estamos solos. Esto enseña mucho. Lo que yo aprendà fue la parte humana, a valorar la parte humana. A mà me dio la mano gente que ni conozco. Ahora estamos más humildes y esto nos recordó que siempre hay que escuchar a las demás personas.



