En el recinto penitenciario donde van a parar la mayorÃa de quienes cruzan la frontera de manera ilegal conviven cerca de 900 personas, 30% de origen venezolana
«No pueden hacer fotos, ni grabar videos, ni hacer audios, solo tomar apuntes si lo desean», advierte el encargado de mostrar las instalaciones del Centro de Procesamiento y Detención de Operaciones de Ejecución y Deportación (ICE ERO por sus siglas en inglés) en el sector Hq de la avenida Montana en la ciudad fronteriza de El Paso en Estados Unidos.
Hace calor como de costumbre en la urbe del estado de Texas. Es una mañana soleada y los oficiales de custodia del recinto penitenciario que alberga a una población de 840 detenidos, de los cuales se calcula que 250 son venezolanos, se preparan para la cotidianidad.
A la prisión de El Paso son remitidos «todos aquellos que representan una amenaza para la seguridad nacional estadounidense, son una amenaza para la seguridad pública o quienes de otra manera socavan la integridad del sistema migratorio», de acuerdo a lo que se desprende la página del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE por sus siglas en inglés).
«Se podrÃa decir que es una cárcel de mÃnima seguridad», dijo el director adjunto Jesús Ramos, mientras los guardias revisaban bolsillos y carteras a los visitantes. Recomiendan dejar sus pertenencias en los carros mientras hacen el recorrido.

A punto de ingresar, la gente siente como si estuviese en el control de un aeropuerto, brazos extendidos, leve cateo y el paso por un escáner. Toda prenda metal está vetada, hasta unos audÃfonos que un incauto dejó olvidados en un compartimiento de su pantalón son decomisados. No es Alcatraz, pero sigue siendo un centro de reclusión y los controles de seguridad son estrictos.
Para entrar como visitante es perentorio dejar una identificación y a cambio un oficial detrás de una ventanilla entrega un carnet con un número.
Al acceder al recinto el paso es ordenado, nadie debe abandonar el grupo comandado por un guÃa que afanosamente explica con detalle cada espacio del centro inaugurado en 1966 y que este año contará con una ampliación para 216 personas, según informó a los medios locales su directora, Mary De Anda-Ibarra.
Esta crónica es parte de la serie El incierto camino al sueño americano, una mirada en blanco y negro, que trata sobre migrantes venezolanos y procesos migratorios en Estados Unidos. Es el resultado de un trabajo periodÃstico realizado en Texas, Washington y Florida en mayo de 2024 por Runrun.es, TalCual y El Pitazo, medios venezolanos que integran la Alianza Rebelde Investiga (ARI).
La parada inicial es el área de cuidados médicos, de acuerdo con el guÃa hay 9 camas disponibles. En una de ellas una mujer duerme mientras el lÃquido de un suero corre por sus venas. «El primer sÃntoma con el que llegan aquà las personas es la deshidratación, porque vienen de atravesar el desierto por dÃas y tal vez semanas», sostuvo el guÃa.
Durante los primeros 10 dÃas al recluso se le hace una evaluación médica y si surge alguna complicación se remite a un centro asistencial del condado. En el recinto hay servicio de odontologÃa y una farmacia.
Entre la enfermerÃa y el comedor, el guÃa muestra uno de los cuartos donde pernoctan los detenidos, un gran vidrio permite ver hacia el interior. Hay un colchón en el piso, una letrina y un inmenso espejo pegado al costado de una pared. Un recluso dentro de la celda levanta la mirada y la vuelve a bajar como si estuviese exudando el hastÃo de ser exhibido a diario.
Colores mezclados para comer
En el comedor es hora del almuerzo, está repleto de mujeres de distintas edades, aunque prevalecen las jóvenes. Las personas, con rasgos latinoamericanos, hacen hasta tres filas para asirse de una bandeja con comida, otras sentadas en las mesas y bancos de metal fijados al piso ingieren sus alimentos con mirada indiferente. Sus caras reflejan la resignación de estar encerradas y el tedio que genera la rutina de una prisión.
«Como se habrán podido dar cuenta, hombres y mujeres están separados», sostuvo el guÃa. «Esta es la hora del lunch (almuerzo) de las mujeres», agregó.
El comedor es una especie de arcoiris, bragas naranjas en su mayorÃa, se mezclan con azules, rojas y amarillas.
Con las naranjas se identifican a quienes violaron las leyes migratorias, regularmente las personas que cruzaron la frontera de manera ilegal. Las rojas son para aquellos que poseen algún antecedente penal o han alterado el orden dentro del centro de procesamiento, las azules son propiedad de quienes han cometido una falta leve y las amarillas son detenidos que laboran dentro del recinto.
El comedor consta de cinco menús. Los nutricionistas que elaboran la comida respetan el régimen de cada quien y atienden requerimientos individuales. Hay vegetarianos, diabéticos, hipertensos o simplemente aquellos que por su religión no pueden ingerir ciertos alimentos.
Sin tocarse y sin internet
Saliendo del comedor hay múltiples canchas deportivas. A los detenidos se les concede un tiempo de esparcimiento para hacer ejercicios y tomar sol. Un hombre con braga naranja rebota una pelota de baloncesto y apunta hacia la canasta, se detiene por un momento mientras pasa el tour guiado, segundos después dispara y encesta, pareciera que ha tenido tiempo de sobra en la cárcel para practicar sus tiros.

Los detenidos tienen acceso a una amplia biblioteca donde hay unas diez computadoras. Las máquinas no cuentan con servicio de internet para ellos, pero pueden revisar el estatus legal de sus casos y trabajar en ellos.
En el espacio hay cabinas de teléfonos donde pueden hablar por facetime con sus familiares. También pueden usar lÃneas de teléfonos convencionales. «Las llamadas a sus respectivos Consulados no poseen costo alguno. Disponen de una lÃnea para comunicarse con sus abogados. Tienen 13 llamadas gratis de 10 minutos al mes, igualmente pueden comprar una tarjeta prepagada y recargable aquà mismo», expone el guÃa.
A quienes no hablan inglés se les ofrece un servicio de traducción.
Las reglas del penal estipulan el derecho a dos visitas a la semana de 5:00 de la tarde a 9:00 de la noche por un máximo de 30 minutos. El visitante debe tener un documento de identidad emitido por el gobierno federal.
Tocarse no está permitido, a menos que haya una petición expresa y esta sea autorizada por las autoridades del recinto. Ese abrazo al que está acostumbrado el venezolano, ese beso en la mejilla también está privado de libertad.
Como en toda prisión hay celdas de confinamiento, en El Paso existen ocho y la pena máxima es de 55 dÃas. A quien infrinja las normas le espera la soledad en un espacio reducido.
También hay una capilla para los que quieran rezar, todas las religiones se respetan y aceptan.
El guÃa anuncia que el recorrido llegó a su final y hay que pasar recogiendo la identificación a cambio del carnet con el número.
Una vez que se sale no hay ganas de volver a ver la entrañas de un sitio donde el encierro y la incertidumbre es la norma. Ya habrá chance de comprar otros audÃfonos o simplemente escuchar los sonidos de una ciudad que se ha convertido en la primera parada de millones de migrantes.






