Cuentos de cuarentena –24–

Dos cajas que llegan de China, con cuatro clics previos, descansan en Miami, mientras Trump revuelve el discurso de la higiene. Ocho manos cansadas se rotan el empaque de un pedido en espera. Doce horas en un buzón, encerrado, como gran parte del mundo, separado por paredes oscuras. “Nuestro servicio garantiza manos limpias» y sin embargo, qué miedo.

El señor alto y negro acaba de dejar a su mujer obesa y triste, cansada en un sofá malherido; mientras ella escucha el discurso de Trump, él recorre varios kilómetros con la caja a cuestas y abraza la baranda con una angustia ancestral.

El paquete vuela a Bogotá. En la oficina de recepción cuatro personas miran las noticias sobre el aislamiento, mientras empujan sin ganas el pedido casi cerca a su destino; esta noche los cuatro empleados llegarán sin fuerzas a sus casas, se sentarán en otros sofás malheridos y pensarán en un salario mermado, con virus o sin él. Un puente aéreo, dos oficinas más, otras diez manos cansadas y cinco tapabocas cuestionados.

El señor del piso 2 no recuerda si necesita aquello que solicitó desde su computador; la incertidumbre llegó más rápido, sin régimen fiscal. De pronto se imagina la llegada de un virus advertido, anunciado. Suena el timbre. Llega el paquete. Qué miedo.

YSABEL BRICEÑO


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